14.2.13
23.1.13
Para-caídas
Sientate a ver el día,
mirá que gusto da ver el rayo justo
donde empieza la avenida.
Descalzate en el aire
para ir
L.A.S.
Y ver lo espantado
que sale a escapar de su propio cuerpo otra vez; otro más… Haciendo “como sí”,
que es un decir; lo está haciendo deliberadamente: se ausenta en presencia y
carga las tintas de lo que está mal en el que tiene más cerca. Lo veo y se por
qué. Lo supe desde siempre, que es lo mismo que decir nunca, otra vez.
Y saber cómo se
aprende silenciosamente el protocolo exacto de la ausencia, para no tener que
llorar después, y repetirlo sin darse cuenta. Porque quién quiere admitir que
el amor es perdida. Nadie con dos dedos de frente, con un poco de criterio de
cómo se sobrevive en este mundo gris y de chiquitajes, estaría dispuesto a
tamaña estupidez. Si esta vida se supone que debe ser plus. No se sabe bien de
qué, pero plus-plus-plus. Plus. Please. Plus…
Y siento odio
cuando, y a pesar de todo: a pesar de tener que admitirme a mí -porque existo y
acá estoy plantada con mi metro sesenta de humanidad-, me dicen que tengo que
estar contenta y sonreír. Y ser hermosa y perfecta y aparecer como si fuese mi
cumpleaños. O peor, mi fiesta de quince, mi graduación y casamiento juntos. Y tener
que apretar los dientes y cerrar la boca. Cerrarla para que no entren las
moscas de la carne podrida ajena. Porque yo no quise fiesta de quince, ni me
importó la graduación de nada, y mucho menos me querré casar.
La gente no
vive equivocada: vive mirando la vida de lo que se supone es de los otros. Atados
a los Mandamientos: los Antiguos, los Nuevos y los de la respectiva madre que
los parió… y de su padre también, por qué no. La gente habla y cree que sabe a
qué se refiere cuando dice lo que dice. Y en realidad no tiene ni la más mínima
idea de lo que está creando alrededor cada vez que abre la boca.
Cree que se
deprime, o que se aburre porque las cosas no son como antes, o como creía que iban
a ser… o lo que es peor: porque cree que cambió. La gente desespera por buscar
algo que le llene sus días y sus noches y sus pensamientos. Busca algo que cree
que merece como si de un Derecho Natural se tratase. Como si el hueco que dice
que siente, que vagamente intuye o que ni se imagina que es lo que le molesta,
fuera responsabilidad de-los-otros.
La gente
confunde cobardía con egoísmo y ansiedad todo el tiempo. Y eso a mí me cansa,
me cansa y me entristece. Son las cosas que me hacen envejecer. No quejarme y
putear todo el tiempo por alguna de las miles de injusticias de este mundo de
mierda y la madre que me recontra parió a mí y a todos los pobres infelices que
nacimos para que venga otro y se lleve lo que es nuestro. Y nos quiera convencer
de cosas tan baldías como “la felicidad”, “el éxito”, “la juventud”.
La gente
confunde cobardía con ansiedad y egoísmo todo el tiempo y a mí se me hace un
nudo en la garganta y no me dan ganas de comer ni de dormir. La cobardía es
otra cosa, nada tiene que ver con la sensación de que algo nos va a aniquilar
en cualquier momento, o que no recibimos el amor y la atención que merecíamos,
entonces a la mierda los demás yo que puedo y cuando puedo me salvo. La cobardía
es otra cosa, no es la degradación a la que estamos tan acostumbrados a que nos
digan que es.
Si hay algo
en este mundo capaz de obligarnos a dejar de mirarnos el ombligo, crecer,
madurar, curarnos la neurosis, o como quieran decirle, es la cobardía. Sólo el
miedo absoluto y definitivo que nos da la certeza de que la pérdida es
inevitable, es lo que nos deja en la única encrucijada valida: seguir siendo
unos reverendos idiotas o atrevernos a vivir nuestras vidas hasta que se
terminen. El problema y la respuesta al mismo son muy simples. Aunque nos lleve el resto denuestros días terminar la ecuación.
Y eso es lo único que conozco que puede garantizarnos conocer el verdadero amor, que es algo que por suerte, jamás podemos elegir.
6.1.13
La fiesta argentina
Foto de Leandro Aliano
Hacer una
crítica en base a un gesto es tramposo. Muy tramposo. Y además, odiosamente efímero.
No voy a
hablar de la ex ESMA, porque es meterme con la vida y la muerte de muchos
compañeros. Porque es hablar por boca de jarro de algo que no me tocó más que
históricamente, no de forma personal… aunque la familiaridad tenga muchas
formas y se cuele por todos lados, sobre todo en esta forma privilegiadísima en
Argentina que es la ominosa.
Yo quiero
hablar de la memoria, la verdad y la justicia. Con minúscula, porque sí. Estoy cansada
de las grandilocuencias, de la supuesta efectividad de la instauración de los
discursos y las sensibilidades populares que generan consenso y sólo supo hacer
el kirchnerismo. Pero no porque me desagrade hablar de eso, o porque tenga
miedo del poder, o mi sensibilidad sea reaccionaria. Sino porque no está bueno
ponerse a discutir sobre meros velos. Porque esa no es mi agenda, porque esa no
es mi forma de concebir lo popular, sea lo que carajo sea que signifique eso. Además
de que es una gran falacia que la única forma de lo popular sea la construida
por el kirchnerismo. A lo sumo tendríamos que hablar sobre cómo el kirchnerismo
tomo aspectos de la cultura popular y nos convenció que eran productos del peronismo.
Quiero hablar
de la memoria, de la verdad y la justicia. Porque no se trata de construir sólo
a partir de lo que pasó. O mejor dicho, se trata de restituir, memoria, verdad
y justicia a lo que pasó y a lo que está pasando, de una forma donde sí importen los medios
para esos fines. Y no porque una sea una purista, una principista, o una pelotuda ingenua.
No quiero
ser políticamente correcta de forma preventiva. Acá no hay que aguantar las
toscas de nada, porque la democracia no peligra, porque la subjetividad del
pueblo no peligra, porque la gente por suerte sabe pensar muy bien sola. Y lo
que piensa, lo hace por cuenta propia, y no porque un grupo monopólico y
maléfico les lava el cerebro. Es aburrido y extenuante escuchar y leer discusiones
reducidas una y otra vez a esta perspectiva, maniquea, simplificada (que no es
lo mismo que simple). En términos bien burdos: “la corpo” versus El Gobierno de
los Derechos Humanos.
Yo tengo
memoria. Soy patagónica: me crié en el culo del mundo, la provincia de Chubut,
justo arribita de Santa Cruz. Sé quiénes son los Kirchner, qué hacían durante
la dictadura y cuando volvió la democracia… sobre todo en la época de Menem.
Miraba los discursos de la que hoy es nuestra presidenta, cuando no era más que
una legisladora de provincia.
Yo tengo
memoria, crecí como mujer políticamente activa en la ciudad de La Plata. Fui testigo
entre el dolor y desconcierto por la desaparición de Jorge Julio López, de la felicísima
condena al asesino de Etchecolatz, yo estuve ahí. Nadie me lo contó, y fue en 2006,
durante el mandato de Néstor Kirchner… y ya pasaron seis años. Y no se sabe
nada, nada más que lo que todos sabemos que es que se ensució la causa y que no
hay voluntad política para reformar de raíz a la maldita bonaerense.
Yo tengo
memoria. Sé muy bien quién es Julio Alak, me acuerdo de su gestión platense
alimentando la criminalización de la pobreza y la niñez; (también me acuerdo de
todas las denuncias que el otro forro de Bruera le hizo cuando estaban
disputando el feudo capitalino). También sé muy bien quién es Aníbal Fernández
(Puente Pueyrredon no se olvida, a Mariano Ferreyra no se lo olvida), aunque ahora
se haga el copado y saque proyectos de leyes por la despenalización de la
marihuana, y sobre otras temáticas delicadas.
Y como
tengo memoria, sé cuál es la verdad con minúscula, la verdad histórica. Que no
es grandiosa ni ilustre, que es una verdad que no precisa grandes dispositivos
simbólicos que la sostengan porque es. Y todos los que la vivimos podemos
saberla sin tener que hacer ningún mérito para alcanzarla. Y que es la que construyó
mi sentido de justicia, mi ética y mi moral militante. Una concepción de
justicia que no puede deshacerse de la memoria y de la verdad, por más
argumentos sobre el “deber ser” de la “táctica” me den. Porque el fin justifica
los medios, cuando el fin, los principios básicos, son legítimos; y los medios
posibles (existentes y por crear), se recortan de ello.
Yo no critico
este gobierno por un asado. Lo critico por las espantosas contradicciones que
tiene. Porque si vamos a hablar de violencia de género, que nuestra agenda no
sean los calificativos machistas que se le destinan a la presidenta; violencia
de género es que no se apruebe una ley que proteja a las mujeres cuando deciden
interrumpir un embarazo. Porque a mí tampoco me caen bien los milicos y los
gendarmes, pero no me simpatizan mucho más los que judicializan la protesta
social, votan leyes antiterroristas y recurren a represión tercearizada. Porque
tampoco me cabe la oligarquía terrateniente de la Sociedad Rural, pero me caen
muy mal también los que hablan de pluralidad y democratización, y después
despojan a los campesinos de sus tierras, fomentan el monocultivo y el uso de
agrotóxicos. Porque sé que las patronales agrarias son la peste, pero no le
creo a alguien que dice que opina lo mismo y después vota leyes contra los trabajadores
a pedido de la UIA.
Por eso
también me parece una boludez decir que la discusión es sobre si se sacralizan
o no los lugares ganados al terror. Porque la memoria no se restituye solo
recuperando lugares históricos con gestos como descolgar cuadros; que son
hechos, que interpelan, es verdad, pero que no son más que eso. La memoria se
restituye desde el presente y debe superar los gestos, los cambios semánticos
que corren el riesgo de convertirse en un icono más. En una marca registrada,
quieta
No es el
asado, es quién lo come. No es la fiesta de la argentina lo que me molesta, es
quién se lleva el mérito, quién la organiza y esconde en la cocina a los que no
pueden disfrutarla, porque siguen “doblando el lomo para que otros doblen sus
bienes”, y deja en la calle a quienes ni siquiera la ven de lejos.
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23.12.12
12.12
El apocalipsis:
somos nosotros
Llegar al
31 de diciembre y sacarse los zapatos. Como quien llega a su casa después de un
lago día de trabajo. Y mira para abajo, a los pies, porque sabe que cuando alce
los ojos encontrará justo aquello que deberá estar allí. Lo que de a poquito fue
juntando a lo largo de los días mientras soltaba las cosas que le iban
saliendo.
Llegar al 31 de diciembre y sacarse la mochila. Dejarla sobre la misma silla de siempre y sentir el perfume inconfundible de lo conocido, por eterno, por irremediablemente ajeno a nosotros. Justo como todos esos recuerdos de la infancia que te llegan de repente, de vez en cuando. Y no levantar la vista rápido. Porque ya se sabe que allí no habrá ninguna otra cosa que la que allí deba estar.
Llegar al 31 de diciembre y sacarse la mochila. Dejarla sobre la misma silla de siempre y sentir el perfume inconfundible de lo conocido, por eterno, por irremediablemente ajeno a nosotros. Justo como todos esos recuerdos de la infancia que te llegan de repente, de vez en cuando. Y no levantar la vista rápido. Porque ya se sabe que allí no habrá ninguna otra cosa que la que allí deba estar.
Llegar, y
encontrar sin buscar. Y sentirse a salvo, sin mucho romanticismo de por medio,
sentirse a salvo. Sobre los propios pies. Sentirse real otra vez, y quizá por
eso angustiarnos un poco. Y entender otra vez que la soledad y la compañía no
dependen de quienes nos rodeen o no. Que hay cosas que no se pueden medir o
pesar si no se tienen las justas dimensiones de la caja de resonancia que es nuestro
propio cuerpo y cómo nos dejará la única certeza saludable que podamos
encontrar: con o sin nosotros, la vida va a seguir pasándonos.
12.12.12
El país de los Derechos Humanos
Anoche el
calor y la ira se me confundieron. Como a tantos otros argentinos frente a la
noticia del fallo ominoso… porque sí, otra palabra no cabe a esta altura de la
historia, frente al fallo ominoso de la justicia tucumana, el calor que tenía y
la furia ciega se me confundieron.
Me dieron
ganas de gritar y patear cosas, y quemar otras. De escupir caras y putear y
putear muy alto. Me dio asco en el centro del estómago y más asco todavía
porque vivimos en este país de los
Derechos Humanos. Y más asco y más bronca porque sé que la justicia, sea o
no corrupta, tiene que laburar procesos armados sobre investigaciones mal hechas,
porque los que las llevan a cabo son los mismos hijos de bush que cometen todos y cada uno de los crímenes. Que sostienen
a este sistema proxeneta, patriarcal y machista que se llama capitalismo, y que
tanto dolor, y muerte, y miseria genera desde siempre. Pero claro, los que
tienen el poder son las minorías demacradas desde sus más íntimos fundamentos
éticos y morales (porque no es lo mismo una cosa y la otra, y todos tenemos
ambas).
Porque acá
no podemos más. Acá así, hace años, lustros, décadas, siglos, que no se puede
más. Que los únicos que nos jodemos somos las mayorías, que se empeñan en
atomizar como las “minorías” desde este discurso de mierda de los supuestos
Derechos Humanos (discapacitados, inmigrantes, mujeres, niños, pobres,
homosexuales, trans, y la lista seguiría…). Esta construcción mediocre que con
tanta desesperación venimos sosteniendo porque antes siempre fue un poco peor parece… Y sí, hablo con odio, con
odio de clase. Con odio de militante, porque yo también milité, milito y
militaré en el heterogéneo y complejo campo de los Derechos Humanos. Un campo semántico
de mierda y un campo político de imposible por complejo, por estar colmado de
grises que te estropean el estómago y hacen doler la cabeza… pero que también lleva
a victorias de vez en cuando.
Pregunté en
las redes sociales dónde estaba el país
de los Derechos Humanos anoche. Las únicas respuestas que obtuve
lamentablemente fueron en la misma dirección y con el mismo tenor amargo de mi
pregunta. Digo lamentablemente porque eso me confirmó que la locura no va hacia
donde apuntan los dedos que tienen voz y voto en Argentina hoy. Porque la gente
que contestó y que habló desde los primeros minutos posteriores a darse a
conocer el fallo (que buena palabra) de la corte tucumana estaban pensando lo
mismo que yo. Porque fueron la prueba que necesitaba para darme cuenta que no
era yo la que estaba desacatando el principio de realidad. Y una vez más odié
saber que todas las personas que militan para que la justicia sea un poco
mejor, cambiando los problemas de fondo, se tuvieron que comer el garrón una
vez más.
Acá no se
trata de discutir si la corte fallada
dictó un veredicto coimeado o no, corrupto o no. Se trata de dejar en claro que
tenemos que poder entender de una vez por todas que más allá de los actos, de
las palabras, de ciertas remociones y nombramientos: hay cosas que no están
cambiando. Hay cosas que no se quieren cambiar. Estoy cansada, como muchas
otras personas, de que se reduzcan los problemas a meras nomenclaturas, meras
formas y no se diga de una vez por todas que lo que está podrido es el sistema.
Estoy harta y asqueada que se reduzcan las discusiones de forma maniquea en
este país. Que si no estás con el famoso “Proyecto de País”, o sos un marginal
que no existís, o le estás haciendo el juego a la derecha. Marginal soy seguro,
pero no por minoría, pero ¿de qué derecha me hablan? Y lo pregunto de verdad,
porque a esta altura quiero saber, de qué mierda se tratan todas estas categorías
abstractas.
La trata de
personas en este país (y en todos lados) es tan vieja como el sol. La trata de
personas y la prostitución están juntas, son lo mismo, responden al mismo patrón, tienen la misma lógica y son los
mismos actores los que las perpetran y las sostienen en el tiempo. La desigualdad
y el acceso a derechos van a seguir estando en la misma relación hasta tanto
las cosas no cambien. Estoy harta de tener que ser políticamente correcta y
hablar de cosas que están relacionadas como si esta relación no fuera necesaria
e inherente. Como si existiera efectivamente un ámbito abstracto, un lugar
neutral desde donde se puedan analizar las cosas independientemente del
contexto histórico en el que se dan.
Las
visiones avanzadas en materia de derecho penal, de derecho civil, de derecho no-sé-qué-otra-cosa-más,
hoy me importan tres carajos, y me importan tres carajos cuando todos los días
siguen pasando las mismas cosas. Y ojo, yo sé que es importante se cambien
algunas cosas desde arriba. Las leyes por ejemplo. Pero estoy cansada de tener
que hacerme siempre la pelotuda y dejar pasar, porque es así… hay que poder
discutir, hay que quedarse en el barro
si se quiere hacer política… porque
no hay que dar argumentos a los enemigos y dejarlos hacer creyendo una cosa,
porque después eso nos dará la libertad para hacerlos cagar fuego.
Creo que de
vez en cuando está bien recordar que esto sigue siendo una verdadera y gran
cagada. Y que eso no necesariamente es ser un aguafiestas, un amargado, un
resentido… o mejor aún, que se lo recuerda porque es verdad: uno es un aguafiestas,
un resentido y muchas veces un amargado porque ese es el lugar social en el que
estamos. Somos los ahogados, los golpeados y amedrentados de múltiples maneras
y los destinatarios de toda la hiel que este sistema nos vomita todos los días
cuando nos hacen mierda nuestra educación, nuestra salud, nuestro trabajo y no
nos dan otra cosa que miseria en cómodas cuotas y una promesa de ampliación de
derechos que queda en meras palabras. Porque está bien, ahora las leyes no
mueren en un cajón como antes, pero todos sabemos que hay varias formas de la
muerte… en este país y en muchas otras partes del mundo.
Esto, sigue
siendo una verdadera e inmensa cagada. Y más nos vale que no nos olvidemos
nunca que es así… hasta que nos propongamos a cambiarlo.
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