25.3.10

24MAR | 10
























El 24 de marzo es algo que nos ocupa. Este año me quedé callada, no sé por qué. Fueron otras voces las que poblaron mí fragmentado tiempo. Como siempre, necesité del encuentro, de la interpelación al otro, pero no supe con qué responder. Esta vez me quedé muda.

Hubo discusiones menores, sobre métodos de memoria en redes sociales: ese espacio incalificable aún, que demarca la virtualidad de buena parte de nuestros días. Enojos, dolores, opiniones, posiciones políticas más o menos fundadas. Pedradas morales, pedradas éticas. Todo fraccionado. Quita de fotos de perfiles: sin consigna, con consigna; fotos alusivas más o menos elípticas; fotos de desaparecidos en democracia; pseudo-teorías sobre la memoria de los jóvenes de hoy. También, un llamado a la memoria interesante: digitalizar lo que durante el juicio a la junta fue publicado en los diarios… (no sé quién tendrá esos documentos) aprovechar la web para su difusión.

Hubo discusiones mayores, acto el 23 en La Plata; tres convocatorias el 24 en capital… el acto oficialista en la ESMA. La apuesta al Estado de Derecho, la Democracia, la patria que encarnan unas Madres. La patria aquí feminizada, ¡qué problema!: es la voz de la Estado -que le habla a esta matria-, en pollera, de labios pintados. La que se compromete una vez más, a profundizar el proceso de restitución de derechos históricamente violados. La que desafía elípticamente al poder real de nuestra época… mal que nos pese, aunque podamos fundamentar algo del orden de “lo mismo”: no-lo-es.

Nos sigue costando la memoria, la justicia nos cuesta por eso; y no podemos evitar que la verdad nos pegue una buena cachetada todos los años… más en estas fechas. A veces (casi siempre últimamente) leo tanto sobre lo que “nos funda” o “nos deja de fundar” como colectivo, como Nación, como pueblo, como gente que dice que pertenece a esto que el mundo llama Argentina... que no me queda más que cerrar la boca y abrir los oídos.

Pienso en las Madres, las Abuelas, HIJOS, compañeros de DDHH que militan contra la comisión de crímenes de lesa humanidad del pasado próximo (cada vez más) y del presente inmediato, disolutivamente fugaz que nos toca padecer muchas veces; y que intentamos llenar de política casi siempre.

Pienso en los que no están, los “desaparecidos” que tanto nos duelen. Pienso en los “ocultados” que nos duelen aún peor, porque están entre nosotras/os, pero desconocen su historia, su identidad. En los nuevos desaparecidos, esos excluidos del sistema que son aniquilados simbólicamente, y que sin embargo fundan identidad, ajena en cierto punto a las lógicas de quienes aún padecemos “ciudadanamente”: pibas/es de la calle, cartoneros, piqueteros…

Pienso en un futuro y ¿no me atrevo?… para mí es más bien un campo nebuloso, una idea abstracta, que intento tejer con otras/os, con jirones de presente que se fundan en la historia. Aparezco confusa entre tantas palabras… reconozco los dolores; reconozco las defensas que socialmente armamos para enfrentar el horror, la brutalidad, la violencia inconmensurable de un sistema denigrante. Y sigo escuchando la reverberancia de esto que nos ocupa, que nos obliga a habitar la situación “argentinos” que puede tomar como símbolo el 24 de marzo (nunca ícono, nunca más).

Hace unos años, escribí sobre mi temor a que la institucionalización de la fecha detuviera el proceso belicoso de la lucha por la memoria; detuviera el movimiento creativo de la historización… y puedo confiar, una vez más, en que el ser humano, por suerte no es una abstracción. Que el ser humano, hoy y aquí es producto de su historia, de que la memoria es un bicho que emerge en entre los cuerpos, entre las palabras, entre las miradas de quienes apostamos a salir, quienes apostamos a la visibilidad, a la problematización de lo que nos ocupa.

El dolor, hoy se, es algo que no se irá jamás. Creo que lo que tenemos que aprender es a distinguir dolor de mortificación: ese “humor del carajo” -como decía Ulloa- que te reseca la boca, y te paraliza los músculos, la cabeza y el alma. El dolor responde a lo que nos pasa, por pasado actualizado, por futuro posible. El dolor, es el que sale del pecho y se anuda a los pechos próximos y no tanto. Busca la mirada del otro, busca los brazos, sostiene flaqueos y traba alianzas; intenta estrategias, inventa espacios. El dolor se funda en la ternura: esa que nos permite la vida después de nacidos, y la que podrá sostenernos el resto de nuestras vidas, aún cuando vivamos en una cultura de la mortificación.

La memoria nunca es unívoca, pero siempre es contundente. No se trata de haber vivido en carne propia las torturas, la convertibilidad, la desobrerización, el 19 y 20 de diciembre… se trata de la puesta en producción de sentidos que nos den forma al cuerpo propio y colectivo. Nunca como algo único, mesurable, aislable, reproductible… La memoria politiza, contra todo pronóstico de despolitización. La memoria subjetiva aún cuando se diagnostique arrasamiento subjetivo.

Si se mueve está vivo, si está vivo puede crear… pero nunca hay un tempo especifico, aquí no hay métricas sociales o musicales que valgan.

2 comentarios:

Ignoto Transversal dijo...

Dulce:

buenas palabras...

las celebro

beso.-

l. dijo...

palabras con presencia.
saludos!