4.11.18

Mi secreto





Tengo que confesar un secreto. Algo que aún no defino si me horroriza o me avergüenza. No, no se trata de mi sentimiento de total desajuste en tiempo y espacio que me acompaña casi siempre y que a veces se transforma en la idea de que jamás se me reconocerá por ninguno de mis buenos méritos… Esto es algo mucho más menor, y por alguna razón mucho más estragante.

Estoy sincronizada con mi vecina, una mujer horrible por los niveles de crueldad, egoísmo y falta de empatía que acumula en esos escasos centímetros cúbicos que ocupa. Yo no soy alta, más bien todo lo contrario… y su estatura es menor a la mía, así que pueden ir sacando sus conclusiones. Estoy sincronizada con mi vecina, la mujer horrible que me alquila la casa en la que vivo, cuyo hijo no puede dejar de mirar hacia dentro de mi casa cada vez que baja la escalera rumbo a la calle.

Estoy sincronizada con la mujer horrible que vive en el primer piso de una casa hermosa que se está viniendo abajo silenciosamente tapizada de moho y siniestras mariposas diminutas y aterciopeladas gris azules que se multiplican y en vano intento mantener a raya con veneno diseñado para seres de mayor envergadura y milenaria resistencia.

Mi secreto del horror y la vergüenza es que estoy sincronizada con esa mujer de espanto de una manera tan justa que me da miedo. No importa de qué hora del día se trate, cada vez que voy al baño a hacer caca, en el preciso instante en que yo aprieto el botón para descargar la mochila de mi inodoro escucho cómo se descarga la mochila de su baño. Y el agua corre ominosa a mi costado, desde arriba de mi cabeza –cual catarata-, baja a la altura de mi oreja derecha hasta el hombro, el brazo, codo, cadera y se sumerge en el piso de mi baño por ese caño de más de cincuenta años que se encuentra, cual columna estoica en esa esquina donde de vez en cuando me siento…

9.8.18

Abortando con furia alegre al patriarcado


Muchas de nosotras fuimos paridas en una época en la que no se nos hablaba de qué representaba hacer historia en vivo y en directo. No porque no ocurriera, sino porque el discurso del terror y la represión desató los nudos de la organización, de la lucha y de la resistencia que en nuestro continente fue marca registrada desde que la historia se llama historia y desde antes de eso también. Éramos miles ayer en las calles. Y no solo en las inmediaciones de Congreso en CABA. Hubo vigilias a lo largo y a lo ancho de todo el país. Y el Pañuelazo Mundial será un hecho que quedará en la historia de los feminismos, así como nuestro ya internacional Ni Una Menos. No hay forma de tapar esta marea feminista que ya cobra escala de tsunami mundial. No habrá cuadros cerrados que disimulen lo cortos o lo largos que se quedan en sus pobres construcciones de relato. Lo bueno del siglo XXI es que los registros fotográficos y fílmicos nos develan rápidamente las operaciones mediáticas que se estudian en los manuales de comunicación del siglo XX.

Y junto con "la máquina de fabricar discursos" el siglo XX también nos legó los feminismos que nos enseñan a bordar y a tejer como nos cantan desde el jardín de infantes… aunque para salir a luchar en las calles. Heredamos – pero no por don divino sino con luchas mediante-, los feminismos que nos enseñan a sostener entre los hilos las memorias y las políticas de miles de mujeres que están luchando ahora en nosotras por los mismos derechos que siempre nos negaron. Y por suerte ahora estamos juntas con nuestras abuelas, madres, hermanas, hijas... Estamos juntas y hermanadas, estamos juntas porque seguimos buscando juntarnos, porque sabemos que juntas somos imposibles de gobernar por nadie que no seamos nosotras mismas: ni patrón, ni estado patriarcal clerical. Y ya no solo las mujeres nos juntamos: también estamos queriendo estar juntas con las tortas y las travas y las trans… entendimos que el nosotras tiene que ser cada vez más amplio. Porque ahora nuestras referencias más lúcidas son voces travas, que saben muy bien de la intemperie, y enseñan el valor revolucionario de ser felices y de la fiesta furiosa que es el arma de resistencia y lucha más poderosa. Porque los trans-feminismos hacen estragos y en este nuevo siglo lo vamos a poder ver por internet en vivo y en directo: justo como anoche, y cada vez más seguido porque el patriarcado se va a caer. Lo vamos a tirar todes juntes.

Y si hay algo que no puede pararse ya, es esta marea verde que desbordó el vetusto Senado de la Nación todo el día de ayer desde las 9 de la mañana hasta pasadas las 3 del día de hoy. Porque mientras los hijos del Opus Dei llenaron de vallas para no escuchar el rugido del tsunami, nosotras en las calles cantamos, bailamos, reconocimos a las luchadoras de las provincias del interior. Recordamos a las compañeras que ya no están. Gritamos por el aborto legal en un Pañuelazo sincronizado para y por todo el país. El ocho de agosto ahora tiene un nuevo sentido. Y eso, es algo que un puñado de personas que representan lo más regresivo del estado, que abogan por un estado clerical y no por uno laico, no pueden ni podrán revertir. Los que perdieron son ellxs, porque a la vista está que no representan a casi nadie. Porque es el fin de su legitimidad política. Y eso, como ese tsunami, no tiene marcha atrás.




Ya se habla mucho de todo lo que ganamos: las calles (que ya eran nuestras); la despenalización social (gracias a estos meses de lucha y la acumulación de los años anteriores). Ganamos visibilidad y legitimidad: muchxs senadorxs tuvieron que votar a favor porque éramos miles en las calles y seremos muchas más, eso es seguro. Senadorxs que aun cuando estuvieron años en el poder – desde esas mismas bancas o en otros lugares-, no movieron un solo dedo para que el aborto fuera ley: hoy a la madrugada tuvieron que representarnos en el recinto. Lxs ganamos, que no es lo mismo que convencerlos para mí… hay gente a la que no le voy a creer hasta el día que me muera. Porque ganarlxs dadas las condiciones históricas, es mejor que convencerlos porque esto es la democracia: una forma perimida de la libertad, pero es lo mejor que tenemos. Por eso me conformo con ganarlxs desde y para la calle porque eso es lo que marca que estamos haciendo las cosas bien, que los feminismos realmente son una propuesta política revolucionaria.

A pesar del dolor de saber que ayer no fue, hay algo que no me deja llorar: es la convicción de que hoy y mañana hay futuro. Entre tanta devastación y miserias políticas ajenas. Es la primera vez en la historia que sabemos que un futuro es posible, porque está ocurriendo. Porque mientras los que defienden el sentido común clerical se pliegan en sus casas nosotras seguimos tejiendo y bordando, seguimos llenando las calles, las escuelas y los hospitales. Seguimos organizándonos para inundar hasta corroer los cimientos del patriarcado. Justo como lo venimos haciendo.  Hay algo que no puede detenerse y es este desborde de libertad, de política organizada, es esta realidad de que ya no nos callamos más, de que las calles son nuestras y el siglo entero nos pertenece. Porque la segunda mitad del siglo XX fue el momento de las mujeres en la historia; pero que este nuevo siglo es el momento de la historia de las mujeres. La revolución será feminista… y lo será.


Fotos: M.A.F.I.A

15.7.18

Esto no es un chiste

Ilustración: Venus Libido

Hace semanas que en las redes sociales no para de compartirse artículos, reflexiones, videos, viñetas ilustradas, incluso memes o chistes a favor y en contra del llamado “lenguaje inclusivo”. Me alegro que una vez más se ponga en boca de todxs esta discusión que lejos de ser un tema de lingüística abstracta (como si realmente tal cosa existiera), es un tema profundamente político. Porque como ya expresé en otra oportunidad, los errores no son gramaticales, y hoy me atrevo a reformular la segunda parte de mi afirmación: acá se trata de errores de integridad (política). Y si bien es cierto que las palabras no están antes de los actos; las palabras se recortan de los sucesivos hechos históricos, hitos, para ser más específica; tampoco seamos tan ilusxs de creer que las palabras no moldean cuerpos en acción.
El lenguaje, puede violentar tanto o más que un buen golpe o una sucesión de ellos a lo largo de toda una vida, los feminismos nos han enseñado mucho sobre esto. La violencia simbólica es uno de los pilares sobre los que se construye la reproducción del sistema patriarcal: el que sostiene y convalida la violencia a todo lo que no responda al universal excluyente del “Hombre” y su alteridad negativa, defectuosa, subalterna y casi siempre diabólica: la mujer. Argentina tiene la Ley 26.485 para la protección integral, prevención, sanción y erradicación de la violencia contra las mujeres - porque las cosas si no se nombran, no existen-. Ley que permite pensar cómo la violencia machista y patriarcal no es algo que solo padecemos las mujeres, sino todas aquellas identidades que son feminizadas: puestas en un lugar de inferioridad y que, por salirse de los lugares asignados dentro del sistema, pueden (y deben) ser violentadas para restituir el orden hegemónico.
Sos una “mala mujer” si querés no tener marido o novio; o querés tener novia; o querés mantener relaciones sexuales con muchas personas; o divorciarte; o no tener hijxs; o te atraen personas indistintamente de su identidad u orientación sexual. Sos un “maricón”si te identificas con tareas o espacios asignados a las mujeres, o amás a otros hombres (sexoafectivamente hablando o no) y no tenés problemas en decirlo; o te sentís atraído por cualquier persona indistintamente de su identidad u orientación sexual, o no sos ni varón ni mujer; o sos un “traidor” porque no estás de acuerdo con ganar más que las mujeres, o no tenes políticas ativas para desplazarlas, lastimarlas o anularlas. Es decir que la llamada violencia de género corre tanto para las mujeres que no se quedan sumisas sosteniendo los lugares de buenas esposas/madres; como para los varones que no son suficientemente masculinos; y también para las personas que no se identifican ni como varones ni como mujeres, independientemente de su orientación sexoafectiva, porque se reconocen como un tercer género, o como parte del espectro de la fluidez. Porque si no se es “un hombre hecho y derecho” entonces tendrás que ser “una buena mujer”, o no serás nada... o estarás condenadx a ser un monstruo, una abominación.
Eso que en la teoría se denomina el binarismo sexogenérico (que solo se puede ser hombre o mujer de acuerdo a la interpretación que la sociedad hizo de los genitales que te tocaron en suerte), es lo que sostiene en gran parte muchas de las violencias simbólicas que nos lastiman a todxs lxs que de alguna manera desoímos o no nos ajustamos a los mandatos patriarcales. Porque el problema no es solo que “no se nace mujer, sino que se llega a serlo”; sino que tampoco hay solo dos destinos: hombre o mujer. Existen identidades no binarias (que no se identifican ni con una, ni con otra asignación) y negarlas es un acto de violencia simbólica, una de las violencias que están especificadas dentro de nuestra ley y que debemos prevenir, erradicar y sancionar... guste o no. Y porque además en Argentina tenemos otra ley, la 26.743 de Identidad de Género, que reconoce el derecho al libre desarrollo de la persona conforme a su identidad de género autopercibida, y a ser tratada de acuerdo con su identidad de género: es obligación del Estado y de todos quienes seamos representantes del mismo en el ámbito público y/o privado, o seamos simples ciudadanos, respetar y hacer respetar la integridad de esas personas. Porque, una vez más, lo que no se nombra no existe; y nosotrxs como sociedad elegimos visibilizarlo para ampliar derechos.
Además de estas leyes que son relativamente nuevas (en términos históricos son muy nuevas), Argentina es un país que tiene una larga tradición en la construcción de una sociedad que respeta el paradigma jus-humanista; hace muchos años que nuestro país, su sociedad y la cultura que desarrolla es ejemplo en el mundo de una ética respetuosa de los Derechos Humanos... porque las leyes son solo una expresión de esto. Sabemos, desde que retornó la democracia en adelante, la importancia de no sostener políticas negacionistas de los crímenes de lesa humanidad (aquellos que el Estado comete contra la población civil); la importancia de construir memoria, para esclarecer el pasado y delimitar un campo de verdad y así poder garantizar justicia. Y la operatoria de elucidación implica visibilizar aquello que se pretendió desaparecer por ir en contra del poder de turno: que se desapareció porque no se nombró, porque se expropió o porque se lo asesinó. Es una deuda de nuestra democracia restituir a todxs lxs desaparecidos de nuestra historia.

No hay nada más trágico que una pretendida posición de inteligencia que solo encubre ignorancia y negacionismo. Esto que está aquí arriba no es un chiste porque como cualquiera que tenga más de dos años como hablante del castellano rioplatense sabe que el neutro aquí está mal empleado. Sin contar, por supuesto, que está atacando al movimiento de mujeres que estamos luchando por la ampliación derechos sobre la soberanía de nuestros cuerpos (si, la sanción de la ley de interrupción voluntaria del embarazo)... porque la muchacha de la foto tiene al cuello el pañuelo de la campaña. Y porque esta ley implica nombrar algo que de modo contrario, permanecerá desaparecido y operando como hasta ahora: invisibilizando a las mujeres que mueren todos los días por abortos clandestinos.
Quien considere esto un chiste desconoce por completo cómo funciona el lenguaje y los cambios en el mismo. La lengua tiene un uso, que es multívoco, equívoco, hasta en el nivel de análisis en el que esto se supone “está todo bajo control”: la semántica. Ya lo decía de Saussure hace un siglo, las cosas que uno habla se van corriendo de lugar: los significantes corren significados, o viceversa. Pero volvamos mejor al nivel pragmático del lenguaje. La pragmática, necesariamente es un terreno político. Aquí no estamos hablando de una mera sustitución de letras, esto es mucho más que eso: estamos hablando de reconocer la existencia de otras identidades que escapan al binarismo de nuestro idioma. Que ya vemos que no es natural a la lengua, sino que es como todas las cosas, el decantado de las construcciones que se fueron dando en las relaciones de poder. El androcentrismo, la visión machista y patriarcal, y el capitalismo. El error de integridad política se comente cuando en nombre de la RAE nos cagamos en la ampliación de derechos. Como si el lenguaje fuera algo inofensivo, cuando sabemos de la violencia simbólica. Porque la lengua es una cuestión de género. Y muchos problemas se solucionarían si pudiéramos bancarnos que la lengua es más que un código abstractactamente pautado que se aprende en el proceso de devenir “humanx”.
La lengua la hablan las personas, y las personas son históricas: están atravesadas por el lenguaje y las prácticas que lo producen y reproducen; y son sociales: ocupan un lugar en el sistema de producción y reproducción del capital y el patriarcado; y son culturales: usan lo simbólico que se desprende de sus prácticas para reforzarlas o hacerlas mierda y correrse… correrse… correrse. Lo subversivo del lenguaje está en que se lo puede hacer pelota; pero sin ser ingenuos. Sostener una convención basados en la supuesta arbitrariedad del lenguaje o las normas de la Real Academia Española es como decir “yo soy apolítico”... y ya sabemos quiénes son lxs apolíticos en la historia Argentina: lxs pro dictadura, lxs anti ley de matrimonio igualitario, lxs anti ley de identidad, los “pro vida” y anti ley de donación de órganos. La modificación de una convención lingüística sabemos que no se da en un tiempo humano sino histórico... y nosotrxs SEÑORES, estamos haciendo historia para estar más cerca de poder decir “Nunca Más”.

23.6.18

Estar siendo



No estoy llorando, no.
Tengo tierra en los ojos,
porque vengo del barrio.

Tierra en los ojos
como antes tenía en las muelas.
Antes cuando era en Trelew.

Me cambió la mirada
torva, como la realidad.
Ahora que soy en La Plata.

No estoy llorando, no.
No porque no pueda,
algún día el dolor termina.

Ahora que soy sin patria.
Ahora que soy sin nido.
Ahora que soy mi vida.

10.5.18




Soñé que me moría. Soñé que me mataban y que me moría mientras seguía soñando. Soy psicóloga y sé que muchos pensarán que tenemos mucha idea sobre esto de los sueños, pero lo cierto es que nunca había trascendido el punto de angustia previo a la muerte en el sueño sin despertarme… no hasta este día en cuestión.

El sueño es breve: Yo estaba en una cabina telefónica, de esas de antes que estaban en la vereda todas vidriadas. Alguien me apuntaba con un arma y me obligaba a salir. Yo sentía mucho miedo. No ofrecí resistencia alguna: me estaban apuntando a la cabeza con un arma grande (una 9 mm), me obligaban a mirar hacia abajo y a recostarme en el piso… ¿qué otra cosa podía hacer? Sabía que eso podía ser el final (estaba muy convencida de que eso sería todo). Sin embargo entendía que mantener cierta sumisión, obedecer por completo, dejar mi cara contra el piso, si no me salvaba, al menos prolongaría un poco más mi vida. En cambio algo me perturbaba: no había visto la cara de quien me tenía encañonada. Era una inquietud insoportable, no podía contener la necesidad de mirarlo. Yo sabía que si levantaba la vista ese era mi final, sin embargo mientras mis pensamientos corrían a la velocidad de un rayo analizando todo esto, los músculos de mi cuello y cabeza se activaban y recorrían el trayecto que separaba mi cara en el piso del ángulo límite de articulación. Finalmente alcé la vista y clave los ojos primero en el cañón del arma que rápidamente se corrió hasta mi frente y luego supe que mis ojos dieron con una cara. No sé si alcancé a hacer foco, y si lo hice no lo recuerdo, porque las amenazas que se vociferaban informes en segundo plano fueron tapadas por el sonido del disparo. Sé que llegué a pensar “listo”. Sé que al zumbido inicial le siguieron unos cuantos segundos de silencio donde claramente podía oír mi sangre. Podía oír claramente cómo mi corazón bombeaba furioso mi sangre hacia la cabeza. También alcancé a pensar “pero qué onda, cómo es que todavía no estoy muerta”. Y después, inmediatamente después, todo se apagó.

Me desperté luego de haber muerto y no había angustia, sino más bien una gran intriga y confusión: “¿eso es morirse? –pensé yo-, ¿dónde está la peli de mi vida al mejor estilo flash back? ¿Dónde está el terror de perderlo todo? ¿Por qué no me meé encima, no pedí compasión, no lloré por los hijos que podría haberme inventado? ¿Por qué sentí esa necesidad irrefrenable de mirar la cara de mi verdugo, a sabiendas (previo calculo en tiempo real) de que quizás mi cerebro no fuera lo suficientemente rápido para procesar esa imagen antes de que la bala licuara mis neuronas? ¿Por qué no pensé en mí, en mis circunstancias?
Un par de días después llegaba a la conclusión de que esta vez no me tocará estar sentada mirando la tele y llorando si vuelve a saltar todo por los aires como en el 2001. Y volví a pensar en este sueño que me quitó el sueño de manera tan diferente a otros. ¿Qué se gana cuando la necesidad de saber supera tan radicalmente a la angustia que provoca la existencia y que nos sujeta tan tozuda a la conjugación de ser? ¿Se gana algo? ¿De eso se trata acaso, de ganar? ¿Qué historia podemos narrar de las derrotas? ¿Son derrotas acaso? Si no pude afirmar en aquellos instantes si mis nervios ópticos lograron enfocar o simplemente olvidé aquello visto. ¿Acaso no me canso de repetirles a mis pacientes sobre la función económica del recuerdo? ¿Acaso no defiendo, en actitud casi mística, que el tiempo es otra cosa… que hay tiempo para todo al fin y al cabo?

Tantas preguntas para obtener sólo una respuesta: el sonido de mi torrente sanguíneo bombeando hasta el final.

12.11.17

(mi mayo francés)


Anoche me di cuenta hablando con amigas sobre lo mal que nos va con los hombres, que a ellas les pasa algo que a mí del todo no: están resignadas… es como si se les hubiera roto algo adentro.

Y no es que no me sienta como ellas en general: estoy re enojada y triste. Decepcionada. Y siento que es imposible construir nada bueno y poderoso y saludable con ellos… que en algún momento, cuando tengan la oportunidad van a ejercer sus privilegios y van a arruinarlo todo. Sea cualquiera de las formas de las que estemos hablando: la militante, la amistad o lo sensual.

El jueves por la noche soñé que me abrazaba a dos compañeros varones. No era sexual, sino algo del orden de la fraternidad, del compañerismo. Era yo la que me abrazaba a ellos, no ellos a mí (no me estaban protegiendo). Por la mañana olvidé por completo el sueño. Pero esa tarde, cuando estábamos armando la última escultura –en ese intento de metabolizar todo lo que nos vino pasando como equipo-, tuve una epifanía en el preciso instante que vi la mano de Manu apoyada sobre el hombro de una de las chicas… y automáticamente tuve la necesidad de recostar mi frente allí. Sentía que ahí sí podía descansar. Y más tarde, cuando Mati me dijo “siento que tengo que abrazarte hace un rato largo” y nos abrazamos fuerte, me dije: CLARO QUE SÍ, CARAJO.

El viernes algo se destrabó gracias a la ayuda de Diana y de todo el equipo que eligió una vez más no sacar el cuerpo. Salí de la oficina y sentí que podía sostener algo del deseo adentro mío y proyectarlo en alguien más, a modo de promesa o de potencialidad. Y ocupar mis pensamientos en algo que no sea la muerte en alguna de sus formas. En algo diferente aunque no menos fútil, pero al menos sí más reparador que no sea la muerte, el amor.



Anoche me quedó clarísimo que estuve a punto de que se me rompiera eso mismo que vi roto en mis amigas… y que zafé por un pelito, pero no por casualidad. Que zafé gracias al feminismo, una vez más. Y finalmente, pude descansar.

24.10.17

Revelaciones

Volvía cabizbaja del trabajo pensando en que tenía que apurarme y así podía almorzar y volver a salir sin tener la milanesa atragantada mientras voy a pedir el presupuesto a la ferretería, porque al jefe se le ocurre que yo tengo tiempo para pasar por ahí antes de tomarme el micro para volver a la oficina. Volvía cabizbaja del trabajo, y me tildé en medio de la vereda mirando a unos albañiles haciendo mierda una pared con una maza. Justo que iba mirando para abajo el sonido sordo y rítmico me llamó y me quedé embelesada, y pensé que tengo que comprarme una maza, aprovechar que voy a pedir el presupuesto a la ferretería y llevarme una maza para hacer mierda algo, así como los albañiles que estaban destruyendo esa pared. Así como vos habías hecho mierda mi corazón, Claudio. Y eso que no tengo mucha imaginación, vos siempre me lo decías… pero no sos el único, ¿sabés? Mi jefe también me dice lo mismo y más veces por día que vos… porque a él lo tuve que aguantar muchas más horas en veinte años. Pero esta vez lo vi clarito en mi mente. Yo y mi maza, haciendo mierda algo. Como vos hiciste pelota mi corazón, diciéndome pelotudeces una y otra vez, hasta que un día te superaste a vos mismo en el arte de quemarme el bocho y me dijiste que te querías separar mientras me devolvías el mate, a las 4:30 de la mañana, justo antes de salir a tomar el tren a tu trabajo de mierda… ese que hace que si te veo con suerte cinco o seis horas al día es mucho. Porque es re loco, a vos siempre te veo rompiendo cosas como esos albañiles. Te dedicás a lo mismo: a romper las pelotas, el corazón y la paciencia, Claudio. Es re fácil pensarte en ese lugar, tan fácil que es obvio, como natural… qué otra cosa más obvia que vos rompiendo algo. Ejerciendo tu potencia arrolladora, Claudio. Y lo vi clarito ahí: yo en cuarenta y dos años jamás me permití romper ni un vaso, ni mandarte a la puta que te parió cuando me hartabas la paciencia. Nada, ni . Y fue tan liberador pensarme así con una maza. Me di cuenta que yo también había nacido para eso, justo como vos. Pero que a mí, me lo habían negado una vida entera. Y me di cuenta de que eso era la verdad más verdadera porque no me pareció obvio como cuando después de lo que me hiciste volviste llorando a decirme – Susana, vieja… yo a vos te amo, eso no cambia ni va a cambiar. Porque sos tan obvio Claudio, tan obvio como que en estos veinte años nunca se te iba a caer un perdón ni de casualidad. Y las obviedades son mentiras que se vuelven verdades a fuerza de repetición, eso me contó nuestra hija que lo aprendió en la universidad. Yo al principio no le entendía, pero estaba tan entusiasmada explicándome que la mejor manera de encontrar las verdades era buscando ahí donde parecía que eso no estaba bien por raro, o algo así. Estaba tan compenetrada usando una forma de pensar que yo no entendía, que me llenó de ternura y la escuché igual, y lo más atenta posible, Claudio… menos mal. El tema es que ahora con esto de la maza le entendí y estoy en una encrucijada, porque cómo se vuelve de la posibilidad de ser yo la que tiene la herramienta para ir y hacer mierda todo. Cómo se vuelve de saberte así tan chiquito e impotente Claudio, con esas artimañas que ya no te funcionan más, porque los pibes están grandes y ya ni pasan a saludar, salvo la nena cuando tiene un rato el fin de semana porque no tiene que estudiar. Cómo se vuelve, Claudio, cuando me doy cuenta de que entonces no tengo ni un pero para dejarme estar.


22.10.17

Breve lección de historia

Recordamos bien, porque volvemos todo el tiempo, como un buen síntoma, a golpear las puertas de donde sea que se escondan, cuarteles o casas de gobierno. Qué más da.

La inoculación sistemática de lo siniestro sirve para preparar a una sociedad dócil para la inoculación de mensajes mafiosos cuarenta años después. Mecanismos básicos de la psicología al servicio de la guerra para la sumisión… Pero lo que se les pasa por alto, cada vez, es que no matan a nadie, ni aún muerto. Y que de lo siniestro y del terror se aprende. Somos lo que quedó de la resistencia. Somos la lucha eterna.



Somos los que nunca van a poder matar. Inscribirnos en la muerte, nos hizo eternos.

Pintura: Horacio Petre (1986)

21.8.16

Un pez entre los pájaros


Cincuenta metros de fondo, el ancho no podría precisarlo, papá no hacía énfasis en esa dimensión. Rodillas paspadas, parada en medio con los brazos en jarra, enseñándole la espalda a la vida, con el semblante grave mirando al paredón final de mi casa de Javiera Sosa.
Mis inclinaciones por la observación de la fauna animal, en complemento armonioso con una extrema piedad por las bestias me llevaron a descubrir por mí misma, cuestiones específicas, biológicas y comportamentales de los gorriones argentinos. Plaga nacional, seres de una nobleza increíble. Por esos años, mi amor por estos pajaritos era muy grande, los estudios etológicos más extensos y sistemáticos fueron dedicados a ellos.
En esa posición -brazos en jarra, de espaldas a la vida-, en la que a veces aún me encuentro llegando a La Única Solución Posible, fue que en la que en aquel momento concluí que era necesario implementar un plan urbano para las crías de gorriones que prematuramente caían del nido, y no podían ser salvadas por la pericia de la intervención científica y devueltas felizmente a la vida salvaje del Barrio Docente.
Así es que se gestó el cementerio que funcionó por años en el patio. Los cadáveres eran respetuosamente sepultados; y marcadas sus tumbas con lajas que encontraban rotas por el barrio. Con el tiempo se decidió que ese lugar debía cumplir con algún propósito que llevara a contribuir en la acumulación del conocimiento científico (al menos el mío).
Fue así que un sector de la Necrópolis fue destinado a la Anatomía. Enterrábamos algunos cadáveres por unos días, y luego los exhumábamos para realizar una autopsia en la que serían extraídos el corazón y los gusanos que se alimentaran de los restos del pajarito.
Como éramos chicas, mis hermanas y yo, las operaciones eran verdaderamente rudimentarias. Por barbijos usábamos las camisetas manga larga de algodón que mamá nos obligaba a usar hasta muy entrada la primavera. Y como instrumentos quirúrgicos ramas de árboles. Guardábamos así, prolijamente en unos frascos rebosantes en alcohol fino órganos y organismos que de los cadáveres extraíamos.
(Por algún motivo recolectar y conservar comenzó a convertirse en una afición, y la mejor manera de comprender -o calmar- el complejo y caótico mundo).

De aquella época lo que más recuerdo de todo, es el gris del paredón del fondo de mi patio, si. El revoque grueso y las lajas del cementerio... Mi geografía infantil se caracterizaba por coordenadas medianeras. Todos los niños de allí, éramos animales de bici y paredones. Generalmente no se entraba por la puerta de la reja a las casas de los vecinos. Se optaba por caminar haciendo equilibro por los dos metros de altura que limitaban los dúplex del pequeño barrio. Era una decisión táctica, ya que se hacía un uso racional del tiempo y las energías. Además de tener absoluto control panóptico de toda la cuadra.
Yo era bastante mala en ese aspecto. Toda mi vida me acompañó el vértigo… así que mi papel era un tanto más estratégico. Digamos que era la tonta que se quedaba parada en el patio e intentaba impartir órdenes, que eran acatadas en mayor o menor medida, de acuerdo al humor y atención de mi hermana la más mediana que siempre tuvo carisma y la atención de todos sin mucho esfuerzo: todo era natural y fluido en ella. Durante gran parte de mi infancia la envidié por eso.
De todas formas, en lo que no me quedaba atrás era en las campañas que se armaban montados en las bicis. Así fue, y gracias a eso, que salvamos la vida a la gallinita.
En la manzana vecina había un potrero en el que crecían plantas patagónicas salvajemente. Una vez cada seis meses, o quizá no tan a menudo, la municipalidad mandaba maquinas para nivelar el terreno y sacar los yuyos enormes que crecían allí. Lo interesante era que dejaba sobre una de las mitades del lote montañas, que nosotros nos dedicábamos a moldear para que sirvieran de pista de bici cross.
A partir de ese momento comenzaban, tarde o temprano, los conflictos con los chicos del barrio vecino (que estaba después del potrero). Afortunadamente el lote era los suficientemente grande y todos lo suficientemente niños como para que pasara a mayores.
Una de esas tardes, mientras ejercitábamos los talentos en la bici, vi cómo sobre el otro extremo del campito se agrupaban en círculo unos niños más grandes y definitivamente más amenazadores. En el centro del círculo había un ave de gran tamaño y que estaban por rematarla de un toscazo. Esta era una tosca de tamaño importante, un canto rodado de unos veinticuatro centímetros de largo, por diez u once de ancho.
Yo tenía una bici rodado veintiséis gris jaspeada, muy pesada y en un instante de coraje inconciente me lancé a la carrera contra el grupo de pendejos al grito dejen a ese animal en paz. Entre el griterío infantil y la confusión de los potenciales asesinos, logramos que perdieran interés en aquella empresa. Digo logramos, porque en el momento en que el enfrentamiento era inminente, encontré montada en su bici y a mi lado a mi hermana la más menor, cuyo amor por las bestias fue mucho mayor al profesado por la humanidad durante toda su vida.
El resultado de toda esa polvareda y corrida fue el triste cuadro de una gaviota gris, de tamaño mediano, con su cola casi arrancada por unos niños ferales. Mientras examinaba superficialmente al bicho, mi hermana iba a casa corriendo a conseguir una caja-camilla donde transportar a la gallinita (bautizada desde el primer momento en que nos referimos a ella). Fue así que el periodo de recuperación de aquella ave salvaje se dio lugar en el patio de casa, a costa de mucho trabajo y los nervios de mi perro León, que quedaron destrozados por los celos y la violencia de la gaviota.

También por esa época en la escuela la maestra había armado un acuario gigante y bastante estúpido, de trágicas carpas naranjas. Seres largos y sin encanto que se aglutinaban a razón de treinta existencias, en una pecera donada por el papá vidriero de un compañero que estaba enamorado de mí pero que no me gustaba ni un poco.
Del resultado de esa experiencia educativa que duró todo un año lectivo y en la que la señorita quería enseñar la responsabilidad del cuidado de otra vida; fue que terminé adoptando, en base al más riguroso azar, al pez que se llamaría Rogelio.
Mi nueva mascota fue alojada en la fuente que mamá usaba para hacer lasagna, la cual cedió como única respuesta sobre la decisión que la maestra había tomado sobre la planificación familiar. Sobre la mesada de la pequeña cocina de mi casa, Rogelio, fue instalado como icono de la crueldad materna. Nunca entendí cómo convivir con la inquietud que me generaba esa situación: mi pez, alojado en otra cosa distinta a una pecera. Era una obra de arte que condensaba toda la maldad del mundo.
Rogelio, a pesar de su condición de carpa ordinaria, supo marcar una particularidad: desarrolló una gran personalidad suicida. Fue así que niña y pez nos dimos a coordinar una compleja rutina en la que éste se arrojaba al vacío aterrizando en los rojos azulejos de la cocina; y yo, agudizando mi astigmática visión, acudía a rescatarlo. Fueron innumerables las resucitaciones a la carpa suicida bajo el chorro de la canilla. Esa relación era confusa y estrecha, y fue sostenida con una terquedad incansable.
Pero Rogelio era un pez, y eventualmente cumplió su cometido. Terminó por quitarse la vida definitivamente durante la fiesta de cumpleaños de mi hermana la más menor, alguna tarde de octubre del año 1994. Cuando volvimos a la casa, mis padres lo encontraron sin vida sobre la bacha, donde su cuerpo contrastaba notablemente en aquella superficie.
Ese día reconocí a la muerte. Recuerdo que enterré al pez junto a los pájaros mientras me ahogaba con mis propias lágrimas y mocos. Le hice una lapida gigante con una laja muy linda que estaba guardando para una ocasión importante. Todavía permanece vivida en mí memoria la tempera blanca con la que escribí el epitafio: ROGELIO PALLERO 1994-1995.
Durante muchos años creí que aquel animalito había estado poseído por el espíritu de Kurt Cobain. Así fue como mitigue mi dolor y di respuesta al comportamiento bizarro de aquella carpa. Construí, de esa manera, la primera leyenda de mi historia... Aunque ahora, lo único notable para mí de toda la historia en verdad sea que a mis ocho años escuchara Nirvana.

29.5.16

final



tender un puente,
como quien tiende la cama
o la ropa en la cuerda al sol

y aún así
tener que cruzarlo

sola.